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Pasó un nuevo 1° de mayo y, aunque la tradición invita a celebrar, en el puerto de Mar del Plata el festejo tuvo un nudo en la garganta.
Entre barcos amarrados y respuestas administrativas que no terminan de entender la urgencia del muelle, nuestra gente sigue esperando una señal de que su esfuerzo realmente cuenta.Un festejo con las manos vacías.
Este Día del Trabajador nos encuentró en una situación que duele. Como hijo de Cayetano Agliano —un pescador de los de antes— y como profesional que eligió defender este sector, me hubiese gustado escribirles para decirles que el horizonte está despejado.
Pero la realidad es que “celebramos” nuestro día con 14 barquitos parados por una desidia administrativa que no se destraba y una crisis de costos que nos está hundiendo.

La frialdad de un expediente frente al sentimiento de un pueblo.

Hace unos días, decidí escribirle una carta personal al Presidente de la Nación. No lo hice solo como presidente de la Asociación; le hablé como parte de esa cadena de inmigrantes que hicieron grande a este país, pidiéndole que mirara a los ojos a las familias de los barquitos amarillos.
La respuesta oficial llegó, pero con sabor a poco: “Motivos de agenda”.
Se nos informó que el Presidente no puede recibirnos por cuestiones de tiempo. Mi pedido fue enviado a la Secretaría Privada del Ministerio de Economía.
Aunque entiendo las formalidades, confieso que me queda un sabor amargo. Nosotros no buscamos solo una mesa técnica; buscamos que se entienda que detrás de cada matrícula hay una historia de vida.
Hay viudas que esperan en el muelle, fileteros, camioneros y familias enteras que ven cómo el esfuerzo de toda una vida hoy no alcanza para sostener el barco ni la casa.
Tenemos paciencia de pescador, pero el hambre no espera, a pesar de la desilusión de sentir que nuestra voz queda reducida a un número de expediente, ya acepté el desafío.
Vamos a ir al Ministerio de Economía a dar la pelea técnica. Pero como le respondí a la Directora de Audiencias: mi pedido de hablar con el Presidente sigue vigente.
Tengo la paciencia que heredé de mi viejo, pero no voy a dejar que se considere cerrado el diálogo con la máxima autoridad de mi país mientras el puerto siga sufriendo.
Un mensaje para nuestra gente, mis compañeros de la pesca, a los que están en la banquina, en las plantas y en las oficinas: no bajamos los brazos.
Seguimos insistiendo para que se actualicen las normas de dotaciones que hoy nos bloquean y para que el costo del combustible deje de ser una barrera infranqueable.
Nuestra identidad es el trabajo. No pedimos privilegios ni subsidios; pedimos reglas claras y condiciones mínimas para poder salir a la mar y volver con el sustento ganado dignamente. Ojalá estuviésemos mejor.
Ojalá el viernes 1 de mayo el puerto hubiese sido una fiesta de redes llenas y no este silencio de barcos amarrados.
La pesca costera y fresquera es el motor de nuestra región. Aunque hoy la respuesta oficial sea un frío papel administrativo, nuestra dignidad y nuestro reclamo siguen firmes.
Vamos a seguir golpeando puertas hasta que el Estado nos mire a los ojos y reconozca el valor de cada familia pesquera.