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Un evento muy sentido en la comunidad pesquera marplatense y principalmente en la familia que asentó su forma de vida mirando al mar como parte importante del sostén laboral.

Mar del Plata tiene dos latidos que conviven sin mezclarse del todo, el de la postal, y el del trabajo. A veces, sin embargo, la ciudad encuentra una escena capaz de reunirlos en una misma verdad. Ocurrió ayer, en la Banquina de los Pescadores, donde la Procesión de San Salvador —patrono de quienes salen al mar a ganarse la vida con pasión y esfuerzo— devolvió a la rada interior del puerto una ceremonia que no es espectáculo ni tradición vacía sino una forma colectiva de sostener, con dignidad, aquello que el mar da y aquello que a veces de forma inexplicable, el mar quita.
Porque antes de ser destino turístico, Mar del Plata fue también promesa y esfuerzo, una trama de pioneros que, desde la banquina y el barrio puerto, forjaron un complejo portuario productivo, industrial y gastronómico singular en el país.
Ese arraigo —hecho de costumbre, oficio y familia— sigue marcando la identidad del puerto. Y por eso, cuando San Salvador vuelve a navegar, no solo se mueve una imagen sino que se mueve una historia de familia. La verdadera historia de ese asentamiento que dio lugar al barrio puerto.
En la 98° edición de los festejos, la imagen del patrono recorrió la rada interior del puerto de Mar del Plata a bordo del costero Lekhan I, de impecable presentación. La bendición de aguas condensó el gesto más hondo, pedir por producción y empleo sin soltar el recuerdo de quienes no regresaron.
La jornada, enmarcada en la 44° Fiesta Nacional de los Pescadores, reunió a cientos de fieles y referentes de la comunidad pesquera en una manifestación de fe atravesada por una petición concreta: trabajo, producción y un rédito justo para quienes “ponen el hombro” cada día. Encabezó la procesión el obispo de la ciudad, Ernesto Giobando, acompañado por el intendente Agustín Neme, en una presencia institucional que sumó gravitación simbólica al mensaje de la jornada.
El recorrido terrestre por la calle Magallanes, con la detención ante la Prefectura Naval Argentina, le imprimió al ritual una dimensión de custodia y resguardo: allí, recibido por el jefe de la PNA, Prefecto Mayor José Cristian Abel Viganó, Giobando bendijo a la institución y elevó una oración por el personal que cuida el mar y, con él, la vida de los pescadores. Luego, el paso por el Monumento al Pescador selló el primer gesto de memoria; una ofrenda floral para los fallecidos en el cumplimiento de su labor.
Pero el puerto guarda su densidad emocional para cuando la ceremonia se despega del muelle y entra al agua. La procesión náutica —con la imagen del santo embarcada y escoltada por lanchas— trasladó la fe a su escenario natural, ese espejo móvil que puede ser sustento o sentencia. A bordo del buque pesquero costero Lekhan I, San Salvador recorrió la rada interior y allí se realizó el homenaje que nadie pronuncia a la ligera, el tributo a quienes perdieron lo más sagrado del ser, la vida, mientras intentaban sostener a su familia mediante el trabajo con esfuerzo digno.
La bendición de aguas fue el instante de mayor silencio. El viento, con su aspereza de sal, secaba lágrimas y dejaba los rostros salobres, adustos; miradas quietas, perdidas en un recuerdo que no se va. En ese cuadro, la tradición se volvió algo más que rito, se volvió ética, reconocimiento y admiración. La comunidad del puerto se miró a sí misma y recordó que, en el mar, la producción no es una abstracción; tiene nombres, tiene ausencias, alegrías y también tiene duelo.
La procesión continuó hacia la Base Naval —sede del Comando del Área Naval Atlántica— donde el ceremonial incorporó un segundo memorial, con honores del personal de la Fuerza de Submarinos y el Toque de Silencio, se arrojó una corona de laureles en memoria de los 44 tripulantes del submarino ARA San Juan.
Ya en tierra, el administrador apostólico bendijo los frutos y las artes de pesca, como quien bendice el pan cotidiano de una comunidad que trabaja con el riesgo como compañero permanente.
Al cierre, Giobando dejó una definición que resume el sentido profundo de la jornada: Mar del Plata no es solo turismo; es trabajo. Y el puerto, con sus fábricas, sus descargas y su cadena productiva, no es un decorado, sino motor real de empleo y economía.
“Tenemos que rogar para que en Argentina haya trabajo y que la producción dé un buen rédito”, expresó ante la comunidad pesquera, con la contundencia serena de quien habla desde el muelle, no desde la teoría del altar.
Esta edición, además tuvo, – una vez más-, un contraste notorio, la Fiesta Nacional de los Pescadores no contó con su tradicional cantina típica, ausencia que también se lee como síntoma de época, perdida de historia, recuerdos, tradición y desafío para el tejido social y productivo que sostiene la celebración.
En el tramo final, la ceremonia sumó su costado de identidad barrial y memoria popular. La Reina Nacional de los Pescadores, Julieta Romero, y su corte de princesas, Dahiana Hansen y Camila Mústico, continuarán su mandato hasta 2027. Y el apellido Mústico, inevitablemente, trajo una evocación futbolera de tiempos dorados: Francisco Antonio “Manija” Mústico, il massimo capocannoniere que aún conserva lugar en el afecto del puerto y de la tribuna.
Participaron también el delegado municipal del Puerto, Patricio Ciminelli; el presidente del Consorcio Portuario Regional, Marcos Gutiérrez; la rectora de la Universidad Nacional de Mar del Plata, Mónica Biasone; la jefa regional de ANSES, Lorena Bincaz; la concejala Noelia Álvarez Ríos; y personal en representación del Comandante del Comando del Área Naval Atlántico.

Cazorla embarcado

El gesto no fue un detalle protocolar, fue un mensaje político, nítido y profundamente elocuente. La presencia del Subsecretario de Acuicultura y Pesca de la Nación a bordo del pesquero costero Lekhan junto a su hijo y amigo, constituye un hecho excepcional, de esos que rara vez se registran en la dinámica cotidiana del sector. No solo por la investidura institucional en sí, sino por el escenario elegido, la cubierta de un fresquero costero, en contacto directo con tripulaciones, armadores, oficios y rutinas que sostienen una parte decisiva —y muchas veces invisibilizada— del trabajo en la pesca argentina.
En términos de lectura pública, el mensaje es inequívoco, respaldo político explícito a uno de los segmentos más relegados y, al mismo tiempo, más estructurantes de la cadena pesquera nacional. El sector costero fresquero, con su lógica de rotación, descarga diaria, generación de empleo en tierra y aporte continuo a la logística portuaria, suele quedar desplazado en la agenda de decisiones por las grandes magnitudes de otros modelos operativos. La imagen del funcionario nacional embarcado rompe esa inercia, coloca al fresquero costero en el centro de la escena y lo valida como actor estratégico.
Y hay, además, un segundo plano de enorme densidad simbólica, el puente tácito hacia las históricas lanchas amarillas. Ese universo no es solo tradición; es escuela operativa, matriz de aprendizaje y disciplina de mar. Allí se formaron —y se siguen formando— capitanes que hoy conducen unidades mayores y sostienen estándares de maniobra, temple y criterio profesional. Que ese acompañamiento institucional incluya, por extensión, a ese linaje de trabajo, refuerza el carácter integral del gesto, no se respalda únicamente a un buque o a una coyuntura, sino a una cultura portuaria y a una forma de producir que construyó identidad y capacidades en la pesca argentina.
El gesto, además, dejó expuesto un rasgo íntimo que le agregó espesor humano a la escena, el inmenso hombre de campo que lleva en su interior. En un intercambio sencillo, casi de sobremesa, compartido con un amigo oriundo de Castelli —ganadero— que estaba junto a su propio hijo, apareció un paralelismo de profundo sentimiento, de esos que no se declaman y, por eso mismo, resultan más verdaderos.
En ese marco, el acto de alcanzar una ofrenda floral en memoria de sus padres operó como una síntesis silenciosa de origen, gratitud y pertenencia. No fue un movimiento mecánico ni una formalidad, fue un instante de emoción contenida que, como dijo el propio paisano, “se le hizo un nudo en la garganta”.
San Salvador volvió al agua como vuelve cada año, no para prometer milagros fáciles, sino para ordenar una plegaria que el puerto entiende mejor que nadie. Pedir por trabajo y producción, sí. Pero sin olvidar que el mar, antes que mercado, es destino y una forma de vida para unos pocos. Y que cada salida contiene —en el mismo gesto— esperanza, oficio y la sombra del riesgo. En esa tensión vive la Banquina. Y en esa tensión, también, se reza.